Según la teoría más aceptada, existe un "olor
sexual", emanado por la boca y la zona genital. Es indudable la
importancia que tiene el olfato en los estímulos sexuales, pero esta
teoría va más allá al afirmar su relación directa
con las áreas del cerebro que regulan la respuesta sexual.
Inicialmente, los estudios científicos se basaron en las feromonas
pero con el tiempo se ha podido determinar en el bisulfito de metilo el origen
de ese "olor sexual".
Esta sustancia está presente en todas las flores, que lo utilizan
para atraer a los insectos. Otras sustancias como la canela y el sándalo
explicarían en la concentración de esta sustancia sus reconocidos
méritos como afrodisíacos.
Como no podía ser de otra forma, la industria cosmética ha
tomado buena nota de estos descubrimientos y utiliza el bisulfito de metilo en
sus fragancias más costosas. Las colonias baratas, en cambio, se dirigen
a un público familiar y utilizan el olor para enmascarar esos
estímulos sexuales.
El estado de ánimo de la persona influye completamente en el olor
sexual que emana. Cuando se siente deseable, está predispuesto a una
relación, en estado de excitación... el mismo cuerpo se ocupa de
comunicarlo a los demás produciendo mayores cantidades de este
olor.
De este modo, la mejor manera, o casi la única, de incrementar
nuestro "sex-appeal" es sentir deseo de atraer y ser atraído.
La predisposición a provocar y recibir sentimientos positivos produce en
el cuerpo una inmediata respuesta en la emanación de bisulfito de
metilo.
Pero esto es sólo la primera parte, la más instintiva de la
relación. Partiendo de esta base puramente física, el camino de
la respuesta sexual pasa por la mente, complicada en los humanos como en
ningún otro animal.
Se le añaden multitud de imágenes previas, conceptos,
preferencias basadas en la experiencia o en situaciones vividas, que recordamos
quizá subconscientemente y que junto con la educación recibida,
el ejemplo familiar, la personalidad... determinan un modelo social propio de
cada persona.
Entonces se llega al momento crítico. El estímulo recibido de
la otra persona: su olor, su voz, su presencia, una sonrisa o un gesto, se
transmite al hipotálamo, quien a su vez la pasa a la glándula
pituitaria.
Allí se libera una hormona que determinará la impresión
provocada por esa persona. Las opciones son la atracción o la
indiferencia, y en este caso ya no habrá nada que hacer: la
química manda, y aquí en estado puro.
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