| La mayoría de las
reacciones de nuestro cuerpo son heredadas de nuestros remotos antepasados,
cuya vida salvaje estaba preñada de peligros y amenazas para la vida. La
presencia de un animal salvaje requería una rápida
reacción. Para pasar de un estado de reposo a uno de actividad
física, el cuerpo necesita incrementar el volumen de sangre que llega a
los músculos y por lo tanto poner en marcha una serie de mecanismos,
como aumentar el ritmo cardiaco y la frecuencia de la respiración.
El cerebro ejecuta automáticamente todas estos
mecanismos para que en cuestión de segundos el cuerpo esté en
situación de reaccionar adecuadamente ante la amenaza. Una vez superado
el peligro, el ritmo cardiaco, la respiración, la tensión
arterial recuperan su actividad normal.
El problema surge cuando la amenaza a la que nos
enfrentamos es un atasco de tráfico, unos objetivos de trabajo demasiado
ambiciosos, combinados con problemas familiares, un jefe desagradable, goteras
en el techo y un hijo en la rebelde adolescencia. Entonces, el peligro no
termina, y la situación de defensa se eterniza.
Como una máquina que funciona siempre a un ritmo superior al
normal para el que ha sido diseñada, el cuerpo se deteriora
rápidamente y puede llegar a colapsarse.
Cualquier actividad es susceptible de producir una
situación de estrés. Quizá sea en el trabajo donde
más probable resulte, y tanto más cuanta mayor es la
responsabilidad del puesto, pero también las amas de casa o los
agricultores pueden encontrarse con entornos que supongan un riesgo para su
equilibrio. La situación de desempleo es, de hecho, uno de los
detonantes más poderosos.
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