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Cada vez con mayor
frecuencia, con mayor impunidad y sin saberlo, nos encontramos con productos
alimenticios cuyos ingredientes han sido manipulados genéticamente. En
las etiquetas no pone nada, pero podemos encontrarnos con genes de
escorpión en el maíz o el tomate, genes sintéticos en la
soja o genes humanos en salmones, cerdos o arroz, por poner algunos ejemplos.
Quizás el ejemplo más
patético sea el protagonizado por la empresa Monsanto, más
conocida por su "agente naranja" que utilizado en la guerra de
Vietnam, tanto daño produjo a la población civil. Esta empresa
produce un veneno que comercializan con el nombre de herbicida
"Roundup". Además, han conseguido mediante manipulación
genética una soja resistente a su herbicida, que ya se cultiva en EE.UU.
y que intentan comercializar en Sudamérica para luego pasar a Europa,
Asia, Australia...
Lo curioso del asunto es que la soja
producida así en EE.UU. no es consumida en ese país, sino que es
exportada a Europa, entre otros lugares. Además, la mezclan con soja
convencional para evitar su identificación y por si fuera poco, el
gobierno de EE.UU. ha amenazado con una guerra agrícola si Europa pone
algún impedimento u obliga a indicar la procedencia en el etiquetado de
los productos. La soja no es consumida directamente en Europa, sino a
través de margarinas, cervezas, chocolates, alimentos infantiles y
también estabilizantes y emulsionantes, como la lecitina.
En España, muchas asociaciones
agrarias (como la almeriense COAG) y ecologistas (como Greenpeace o Ecologistas
en Acción), han pedido al Gobierno una moratoria para la
autorización de nuevas pruebas de semillas transgénicas, hasta
que no se conozcan perfectamente sus efectos sobre la salud humana y el medio
ambiente. Por otra parte, parece ser que en COAG están muy preocupados
por la existencia de ensayos de plantaciones transgénicas sin control
por parte de las administraciones y, temen que si se admite en Almería
el cultivo de semillas transgénicas, dicha provincia perdería
cuota de mercado.
Según una encuesta de COAG, más
del 60% de los encuestados afirmaron que no consumirían jamás
productos transgénicos, coincidiendo en esta postura con las grandes
cadenas de alimentación de la UE. El problema es que actualmente no hay
forma de saber donde hay y donde no hay productos transgénicos. Un
problema es que las multinacionales son muy poderosas y, a veces, pueden
manipular a políticos y científicos para que actúen en su
favor.
Para entender la seriedad del problema hay
que entender que no es fácil evaluar las consecuencias y por el
principio de precaución se debería prohibir que este tipo de
alimentos lleguen a consumirse. Además, ya se han constatado las
primeras amenazas para la salud humana y animal: alergias, alteraciones
nutritivas y sexuales, disminución de las defensas, alteraciones en el
sistema hormonal...
Por otra parte, los genes resistentes a
determinados herbicidas, producidos también por las mismas
multinacionales, hacen que se puedan emplear dosis mayores de este veneno, que
va al suelo, al agua y entra en el ciclo de la vida y en las cadenas
tróficas de alimentación.
Los problemas principales son: riesgo para la
salud, pues son productos no naturales que no sabemos cómo se
comportarán a largo o medio plazo, el uso indiscriminado de herbicidas,
que provoca daños en los ecosistemas y contaminación de
acuíferos y que pueden crearse plagas resistentes al herbicida, como ya
está pasando en Australia con algunas especies.
Por si fuera poco, también se
introducen genes de resistencia a los antibióticos y se ha demostrado
que al comer estos alimentos, determinadas bacterias recogen las ventajas de
esos genes, evitando así que los antibióticos tengan efectos en
esas bacterias. De extenderse mucho, en pocos años pudiera suceder que
los antibióticos no fueran efectivos en el hombre y, por tanto, mucha
gente podría morir por enfermedades que hoy están totalmente
controladas. La organización ecologista internacional Greenpeace
encabeza grandes acciones contra este tipo de alimentos. .
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