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El Tiburón blanco es una reliquia prehistórica que nos evoca
la cruel realidad de aquel tiempo pasado. De hecho, es una de las especies
más antiguas que se conservan: los tiburones aparecieron hace 350
millones de años, y desde que su evolución se detuvo hace veinte
millones de años, el Gran Tiburón Blanco ocupa el escalón
más alto en el ecosistema marino.
 Apodos como
"Devorador de hombres" y "Muerte blanca" han sido durante
décadas la excusa para su persecución sistemática. Un
acoso cuyo único objetivo es en realidad la búsqueda de
protagonismo o la simple satisfacción del instinto asesino de la especie
más letal sobre la Tierra: el hombre. |
Sus dientes triangulares son afilados como cuchillas, de perfil irregular y
dispuestos en su mandíbula en varias filas ligeramente inclinadas hacia
el interior que, como en todos los tiburones, se van reemplazando hacia fuera
según se van rompiendo. Sus mandíbulas pueden ejercer una fuerza
de 3.000 kilogramos por centímetro cuadrado (trescientas veces
más que en el ser humano).
 Aunque la mayoría no sobrepasan los cuatro, puede llegar
a medir cinco o incluso seis metros de longitud, como al parecer se
comprobó en 1948. Un ejemplar de cinco metros puede pesar 1200
kilogramos. |
El macho suele alcanzar la madurez a los ocho años midiendo unos tres
metros. Se distingue por unas extensiones de las aletas pélvicas que
sirven de órganos copuladores. La hembra suele alcanzar los tres metros
y medio a los quince años, y se cree que es fértil durante un
corto periodo de tiempo, lo que hace que su tasa reproductiva sea baja.

Su mayor percepción del entorno proviene de una
especie de fusión entre Oído y Tacto conectado a unas
células que su piel presenta principalmente en el morro y los laterales,
y que se denominan células ciliadas. Ellas le permiten entre otras cosas
detectar las corrientes y vibraciones, controlar la dirección y percibir
sonidos de baja frecuencia emitidos por los peces agonizantes.
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También es muy acusada la sensibilidad de su olfato, capaz de
detectar la sangre a grandes distancias y, al contrario de lo que suele
pensarse, su vista. Aunque está más preparada para actuar en
condiciones de escasa luminosidad, presenta como particularidad una membrana
llamada tapetum que actúa a modo de pantalla reflectora incrementando
notablemente la sensibilidad del ojo.
 Otra particularidad poco conocida en los tiburones es su
capacidad de detectar pequeñas corrientes electromecánicas, lo
que puede servirle para la detección de corrientes marinas,
localización de presas cercanas o incluso hay quien se aventura a
mencionar un sistema interno de orientación magnética.
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Sólo actúa cerca de la superficie, pero ha llegado a
vérsele a mil metros de profundidad, algo inusual en los tiburones. Es
una especie pelágica, lo cual significa que vive alejado de las costas,
y por lo tanto no puede dejar nunca de nadar para no hundirse demasiado.
Además, su sistema respiratorio necesita el movimiento para introducir
el agua en las branquias. Debido a ello su metabolismo es muy rápido y
le hace tener un apetito voraz. |
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