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Procedentes del conocimiento, los llamados indicativos
cognitivos constituyen la información de que se dispone, y que determina
nuestros actos en estos primeros momentos, tan delicados, de la relación
social.
Tienen una doble vertiente: lo que sabemos de la otra persona, y lo que
sabemos del llamado arte de la seducción.
De aquellos primeros reconocimientos físicos que se produjeron desde
la distancia, se pasa con más trato y menos separación a una
observación detallada de la otra persona, de su rostro, su pelo, sus
gestos y la forma en que sonríe.
Pero también se hace una observación interior de la
personalidad, las cualidades, defectos, y aficiones. Paulatinamente se va
conociendo a la otra persona, su carácter, su personalidad, y la forma
en que coincide o difiere de uno mismo.
La conversación suele empezar por temas superficiales, para luego ir
profundizando en cuestiones más íntimas y en materias
quizá más conflictivas que no deben tocarse antes de tiempo, como
la religión, la política o el sexo. |
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Existe también algo llamado antierotismo, y que
forman aquellos estímulos que en lugar de favorecer una impresión
favorable en la otra persona, provocan un rechazo consciente. Al menos, en la
mayoría de los casos.
Mostrar un aspecto sucio y descuidado, o una actitud grosera, torpe y vulgar
son en la mayoría de los casos razón suficiente no sólo
para arruinar todos nuestros esfuerzos seductorios, sino incluso para anular la
atracción inicial que hayamos podido provocar.
La violencia, la rudeza, la brusquedad, los gritos y el estrés
compiten con el mal olor y con una actitud apática y aburrida para
provocar el desengaño de la pareja potencial. Lo que no explican los
expertos es la atracción que parecen provocar determinados personajes
cuya imagen se asocia con la barba de tres días y la actitud de
"chico malo". |
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