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A todos nos molesta que nos falle aquello que esperábamos como
seguro. Es normal que nos disguste y hasta que nos enfademos por ello, pero
cuando este sentimiento se convierte en rabia, hostilidad, incluso agresividad,
y especialmente cuando resulta inmovilizante, sin permitirnos reaccionar contra
el problema, u no sólo contra la persona o cosa que lo ocasiona,
entonces sentimos ira.
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Por lo general el origen de la ira es el deseo de que
todos sean como nosotros, con nuestras mismas reacciones y comportamientos.
Pero la ira no es algo innato al ser humano, sino un hábito adquirido.
Solemos utilizarla para trasladar a otra persona o cosa la responsabilidad de
nuestros errores, para atraer la atención de los demás, superar
un momento de inferioridad evitando un comportamiento racional o imponer
nuestros deseos con la presión de nuestro mal genio.
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Las ocasiones en las que surge son frecuentes y comunes a todas las
personas. El mero hecho de conducir parece incitar al enfado contra los
demás conductores, así como los atascos, los juegos competitivos,
los impuestos, la falta de puntualidad o el haber cometido un error o un
olvido. En cualquier caso, la ira no sólo resulta molesta e
inútil para aportar soluciones, sino que incluso nos impide disfrutar
del momento y la situación.
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Suele considerarse algo normal y un singno de
carácgter y hasta de entusiasmo, pero la realidad es que la ira llevada
a su extremo tiene efectos perniciosos sobre lo físico y lo
psicológico. Produce hipertensión, úlceras, insomnio,
palpitaciones, urticaria, cansancio e incluso enfermedades
cardiacas.
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Por otro lado interfiere en las relaciones personales por ser un
obstáculo a la comunicación y favorecer la culpabilidad y la
depresión. Es ciedrto lo que se dice de que es preferible expresar la
ira antes que guardársela, pero es más saludable aún no
sentirla en absoluto, y esto es algo que puede aprenderse.
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