|
|||||||||
![]() |
El 28 de abril de 1945, se celebró una discreta reunión en un bosquecillo a unos quince kilómetros de Berlín. El general Von Keutel, Jefe del Estado Mayor del Tercer Reich, había citado a los generales Manteuffel y Heinrici, responsables del Grupo de Ejército Vístula. Von Keitel pretendía llamarles al orden después de que sus tropas contravinieran las órdenes del Alto Mando abandonando sus posiciones en un intento de alejarse de los temidos rusos, y entregarse a las tropas angloamericanas.
Entre los árboles acechaban tres oficiales de Manteuffel con órdenes de apoderarse de Von Keitel si éste a su vez intentaba detener a su jefe. Pero tal medida no fue necesaria, ya que después de intentar sin éxito imponerse a los dos generales, el Jefe del Estado Mayor subió a su automóvil y regresó a Berlín. Por las carreteras el panorama era desolador. Miles de soldados se retiraban del frente intentando entregarse a los más benévolos. Tropas experimentadas se mezclaban con unidades de jóvenes reclutas y el mando emitía órdenes partiendo de la desinformación más absoluta y que eran sistemáticamente ignoradas. El Führer permanecía atrincherado en su búnker, ocho metros bajo tierra en el jardín de la Cancillería. Con él permanecía la cúpula del ejército y lo más selecto de su equipo personal. La tensión se palpaba en el ambiente y la disciplina desaparecía por momentos.
Pero la naturaleza humana es optimista por naturaleza, y algunos todavía confiaban en que su líder se ocuparía de facilitarles la salida de aquella situación. El propio Führer esperaba un milagro que convenciera a los ejércitos occidentales para aliarse con ellos frente a la amenaza oriental. El general Weidling trabajaba incansablemente en un plan para salir de Berlín en tres fases, esperando a que finalmente Hitler diera la orden de evacuar el búnker. Otros en cambio preferían no engañarse. La mujer de Joseph Goebbles, brillante Jefe de Propaganda del Reich, llevaba una semana en el búnker con su marido y sus seis hijos aguardando el momento de "dar a nuestra Nacionalsocialista existencia el único fin posible y honorable (...) Sólo hay una cosa que deseamos, en estos momentos: seguir junto al Führer hasta la muerte, y terminar nuestras vidas con la suya. Tal fin es una bendición que nunca creímos recibir."
Mientras, los rusos avanzaban ya por las calles de Berlín, defendidas valerosamente con más fanatismo que medios. Con municiones para dos días, y conforme la artillería y posiciones clave iban cayendo en manos de los invasores, el búnker de la cancillería se sacudía con paranoias de traición y planes desesperados. |
||||||||
(sigue 1/4) |
|||||||||
|
|||||||||