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El lugar más alto del mundo es mucho
más que una montaña. Es el pedestal sobre el que se eleva una
clase especial de hombres, y mujeres, que con la superación de las
dificultades de la ascensión sienten no sólo elevarse sobre el
nivel del mar, sino también sobre la naturaleza humana, y sus
limitaciones.
Con 8848 metros de altitud, el Monte Everest no es
uno ochomil cualquiera, sino casi un nuevemil. De las catorce montañas
que superan esa mítica medida, ésta es la que más leyendas
atesora, la que más miradas de deseo atrae entre los montañeros y
la que más admiración produce entre quienes sienten su
superación personal como el fin último, muchas veces
literalmente, de su existencia.
El lugar más alto es también el
más agreste y desamparado. La vida animal permanente no puede existir a
tal altura, en la que la escasez de oxígeno se ve ayudada por la
desprotección hacia los elementos, el viento, las tormentas, el
frío extremo.
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Permanecer en un ambiente en que la
concentración de aire es tan escasa que los helicópteros no
pueden siquiera mantenerse en vuelo, es para el organismo uno de los mayores
desgastes imaginables.
La concentración de oxígeno en la sangre
se reduce haciéndola más espesa, lo que supone dificultades
motrices y mayor facilidad de sufrir congelaciones. La respiración
más preparada es incapaz de captar suficiente oxígeno para
recuperar el esfuerzo, que se multiplica y se hace inhumano.
La concentración disminuye incrementando la
probabilidad de sufrir un accidente en unas condiciones en que el rescate es
casi imposible y, cuando menos, tardará varios días en llegar;
días que pueden ser demasiados en un ambiente en que las temperaturas
alcanzan fácilmente los cincuenta grados bajo cero.
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