Se conservan
muy pocos tramos originales de la 66, pero la "Calle Mayor de
América" como la llaman allí, conserva todavía un
gran significado. Es un recorrido para degustar el tiempo y el asfalto. Para
alojarse en miserables hoteles polvorientos, detenerse en viejos cafés
destartalados y gasolineras de pintura desconchada.
A lo largo de
las autopistas del Sur de los Estados Unidos se van encontrando letreros que
invitan a desviarse hacia tramos, más o menos importantes, que han
sobrevivido de la vieja 66. La mayor parte del tráfico utiliza las
vías modernas, dejando la ruta para los aventureros nostálgicos y
los turistas.
No hay muchos
lugares monumentales, a lo largo de la ruta. Chicago presenta los únicos
edificios con valor arquitectónico de todo el recorrido, y en el aspecto
histórico no hay mucho que ver fuera de algunos símbolos
nacionales y otras curiosidades.
El Cadillac
Ranch, en Texas, se considera uno de los mejores emplazamientos de arte
industrial de los Estados Unidos. Está formado por una decena de
Cadillac clavados boca abajo en un campo de trigo.
Estos son los
paisajes por los que se desarrolla la trama de "Easy Rider", otro
mítico filme que protagonizaron Dennis Hopper y Peter Fonda. Es
quizá esta película la que mejor ha sabido recoger el sentido
actual de la ruta.
La
búsqueda de uno mismo, como en todas las grandes peregrinaciones,
preside el rodaje por este asfalto sucio y falso. La reflexión interior
y la búsqueda de los sentidos. Porque aparte de eso, no hay mucho
más que ver.
El tiovivo de
la película "El Golpe", que se conserva en Santa Mónica
al final del recorrido, y la habitación en la que Clark Gable y Carole
Lombard pasaron su luna de miel en 1941 son quizá los atractivos
turísticos más importantes de la ruta.
Este
último lugar, mitificado como sólo los americanos pueden hacer
con las cosas insustanciales, se conserva en perfecto estado en un
pequeño hotel de Oatman, un viejo pueblo minero ocupado casi
permanentemente por fanáticos de Harley Davidson.
Muchos viejos
bares de carretera, algunos de los cuales llegaron a convertirse en mitos en
los viejos buenos tiempos, han desaparecido casi por completo en la actualidad.
Algunos de los que mencionan las guías de turismo no son ya más
que un pedazo desvencijado de su viejo cartel.
Pero
también se conservan algunos hoteles, como el Rancho en Gallup o el
Montevista en Flagstaff que permiten evocar los tiempos del lejano oeste.
El atractivo
que conserva para el turismo le está permitiendo vivir un nuevo auge,
con la reapertura de viejos moteles y bares anunciados por los
característicos neones de los sesenta. La Ruta 66 es poco más que
un recuerdo, pero ese es su mayor valor, casi el único.
Permite
recorrer de lado a lado un enorme país conociendo a sus gentes, sus
pueblos, su particular forma de ser. Permite recordar a los viejos escritores
que con sus palabras nos hicieron viajar y soñar tantas veces.
Mirar hacia
esas montañas, ese río o los campos verdes de trigo pensando que,
quizá eso sí, es lo mismo que vieron ellos cuando estuvieron
aquí. Hace tiempo que se perdió la posibilidad de hacer este
viaje como debía ser hecho, pero en su lugar tenemos ahora otros lugares
que todavía podemos recorrer.
Porque la
Ruta 66 nos recuerda el valor de la vida, del presente, la importancia de
aprovechar las ocasiones antes de que sea demasiado tarde, antes de que la
modernidad aplaste bajo cuatro carriles el entrañable asfalto de nuestra
"carretera madre".
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