Es uno de los países menos
poblados del mundo, lo que no es óbice para que su política de
inmigración sea también una de las más estrictas.
Esta rigidez hace que la población
sea muy homogénea, pero también igualitaria, sin apenas extremos
que se separen de la clase media: pocos millonarios y pocos pobres. Su idioma,
el finés, resulta intrincado y extraordinariamente complicado.
Por lo general son comedidos en el comer y
el beber, aunque los sábados en Helsinki, la capital, significan un
consumo de alcohol bastante considerado. Eso sí, la gente se desplaza en
taxi por urbanidad y, cómo no, para evitar las fuertes sanciones por
alcoholemia: dos años sin carnet y trabajos "forzados" en el
bosque o la construcción de carreteras.
Su alimentación se basa en el
pescado, patatas, lácteos y pan de centeno. Las comidas más
fuertes son el desayuno y la comida, hacia las cinco o seis de la tarde. Hacen
además un almuerzo hacia las once, un plato con ensalada y café.
Se cena a partir de las siete, aunque los horarios no suelen ser muy
rígidos.
Los finlandeses son abiertos y sinceros, y
aunque un poco lentos al principio, entregan su afecto sin dificultad ni
condiciones. Su esperanza de vida supera los 77 años, siendo la
más alta de Europa. Ordenados y trabajadores, el noventa por ciento
está afiliado a los sindicatos, que deciden los sueldos directamente con
la patronal.
Les gusta bailar y la sauna es toda una
tradición en su cultura. Su finalidad es activar la circulación
de la sangre por la alternancia entre calor y frío. Una primera fase
consiste en someterse a un calor de entre 80 y 100 grados, para disparar la
transpiración. Arrojar agua sobre las piedras calientes produce
aún más calor y entonces se enfría el cuerpo bruscamente
con una ducha fría o bañándose en el mar o un lago.
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