LA CONQUISTA DEL MONTE EVEREST I: Los intentos de Norton y Mallory
La conquista del Monte Everest I: Los intentos de Norton y Mallory   Norton y Mallory en el punto más alto alcanzado en 1922 
El intento de Norton y Sommervell
 (por el Coronel E.F. Norton)

 
 

  «El 1 de junio de 1924, Somervell y yo abandonamos el Campamento III para seguir las huellas de Mallory. Seis porteadores debían acompañarnos a Somervell y a mí hasta el campamento, a 7.800 metros. Esperábamos conservar con nosotros a tres de ellos hasta los 8.200 metros...

 »A las 3 de la tarde llegamos Somervell y yo con los tres porteadores al campamento del Collado Norte, donde nos recibieron Odell e Irvine. Tras indicarnos cuáles eran nuestras tiendas, cocinaron y nos ayudaron en todo...

 »El 2 de junio amaneció radiante. A las 6.30 Somervell, los seis porteadores y yo estamos ya en pie. Mallory y Bruce se encontraban en la Cresta Norte (después de haber pernoctado en el Campamento V); hoy debían dirigirse al Campamento VI. Dado que tenían tan sólo lo necesario para un campamento, tuvimos que llevar con nosotros una tienda de 5 kilos, dos sacos de dormir y algunas provisiones. Había que tener en cuenta que nosotros haríamos noche tres veces y los porteadores sólo una.


El primer reconocimiento del Everest fue realizado en 1921 por una expedición británica que dirigió Howard Bury. El equipo de Howard Bury en 1921
 
  »Un poco más arriba del Collado llegamos a un lugar donde hacía sol y donde no se estaba tan mal como en la sombra que hasta entonces nos había cubierto. Pero el viento no nos dejaba en paz; constituía en todo momento un serio obstáculo. Penetraba a través de los vestidos como si estuvieran agujereados y, al mismo tiempo, presionaba con tanta fuerza que los hombres se tambaleaban...

 »Hace dos años, en un movimiento torpe, se me cayó desde aquí la mochila al abismo; entonces descendíamos. Con gran velocidad, se precipitó hasta el glaciar del Rongbuk, lo que puede dar una idea del ángulo de inclinación de estas vertientes. Hoy hemos oído un ruido por aquella misma zona; no ha sido poca nuestra perplejidad al ver descender por allí a un porteador llamado Dordschay Pasang, uno de los hombres escogidos de Mallory. Apenas habíamos terminado de escuchar su relato, cuando aparecieron Mallory y Bruce con el resto de los porteadores.

 »El viento no permitía largas conversaciones. De haber podido convencer a los porteadores, Bruce habría continuado la escalada a pesar de su leve lesión cardíaca. Una vez más se demuestra que el Everest frustra los cálculos más precisos. El tiempo era magnífico, pero aquel viento inclemente era capaz de anular al tigre más orgulloso. Ni siquiera Bruce, el mejor jefe de sherpas, pudo persuadirles a subir más allá de los 7.700 metros.


 »A la una llegamos al Campamento V sin incidente alguno. Las señales de colores nos habían facilitado su localización; se hallaban colocadas en el punto donde hay que descender lateralmente de la cresta. Las dos tiendas de campaña estaban colocadas encima de unas terrazas construidas en la pared con la finalidad de procurarles una base sólida.

La cordillera del Himalaya se extiende a lo largo de Pakistán, Cachemira, India, Tíbet, Nepal, Sikkim y Bhután. Tiene una anchura de entre 250 y 500 kilómetros y una longitud de 2800. Morshead, Mallory, Sommervell y Norton, 1924 
 
  »Pasamos la tarde como de costumbre. Nos metemos, agotados, en el saco de dormir y permanecemos una hora acostados. Después, el deber nos llama, y alguno de los compañeros se levanta jadeando y refunfuñando. Tomándose un respiro de vez en cuando, deja que sus pies le lleven hasta la mancha de nieve más cercana, donde llena las ollas de aluminio. Entretanto, otro se ha levantado gimoteando y ha montado el hornillo. A continuación saca algunos víveres de las mochilas o de las latas (por ejemplo, té, azúcar, leche, sardinas y pan duro).

 »Acostados en el saco de dormir, los dos esperan a que el hornillo convierta la nieve en agua templada. Dicho así, esto parece muy sencillo. Los gemidos y quejidos no son exageración poética; he pasado cuatro veces por ello y puedo asegurar al lector que escalar hasta esta altura no resulta tan agotador como las tareas culinarias. El proceso tuvo que repetirse dos o tres veces, ya que había que preparar agua potable para el día siguiente y lavar los cacharros. Lo peor de todo es tener que tragarse el producto de semejantes actividades, y esto sólo se consigue poniendo buena voluntad. El alimento sólido le repugna a uno; en cambio, nunca obtiene la suficiente cantidad de agua para beber...

 »El 3 de junio nos levantamos a las cinco. A las 9, cuatro horas después de despertarnos, nos pusimos en camino. Hacia el mediodía pasamos por delante del punto más alto alcanzado en 1922 por Mallory, Somervell y yo. Experimentamos un sentimiento de alegría y optimismo a pesar de que las sensaciones se reducen mucho a causa del aire enrarecido.


En el Himalaya se sitúan las mayores alturas del mundo: más de cien cumbres superan los 7000 metros y 14 superan los 8000.  Superando una grieta en un glaciar
 
  »A las 2.30 enviamos los porteadores a casa. Tenían que descender 1.200 metros, de modo que no les quedaba mucho tiempo para llegar con luz al Collado Norte. Que a 8.200 metros de altitud todavía se pueda dormir bien, constituye un hecho notable y digno de mención.

 »Una hora después de haber abandonado el campamento, tropezamos con la enorme capa de piedra arenisca, de unos 300 metros, que atraviesa el Flanco Norte del Everest. La ascensión resulta fácil gracias a las largas franjas, o pequeñas repisas, de la roca.

 »A los 8.400 metros, los ojos empezaron a darme motivo de preocupación. Todo lo veía doble y, con frecuencia, no tenía seguridad a la hora de apoyar el pie. Al principio creí que se trataba de los primeros síntomas de ceguera a causa de la nieve, pero Somervell dijo que era imposible. La acertada opinión de Somervell me fue confirmada posteriormente por otros; se trataba, en este caso, de una debilitación del control sensorial como consecuencia de la falta de oxígeno.



(sigue 1/4)
 


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