| A lo largo de toda la historia, tan sólo tres
lugares en el mundo han sido sede pontificia: Roma, Avignón y
Peñíscola. Pedro Luna, coronado papa con el nombre de Benedicto
XIII, le confirió este honor cuando, abandonado y perseguido por todos,
se refugió en el castillo para vivir sus últimos años en
la soledad y el rechazo general. |
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Pedro Martínez de Luna nació en 1328 en el
Castillo de Illueca, Zaragoza. Poseedor de una vastísima cultura y una
capacidad de persuasión que ha pasado a la historia con la misma
seguridad que la terquedad de sus últimos años, fue elegido papa
por los cardenales de Avignón en 1394.
El Cisma de Occidente dividía entonces a los cristianos europeos
entre la obediencia al papa de Roma o al de Avignón. Con el nombre de
Benedicto XIII, el Papa Luna recibió el cargo con el compromiso de
aceptar luego la renuncia a él para poder unificar la Iglesia. |
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Pero seguro de la validez de su elección, el papa
no quiso abdicar, y hasta que el Concilio de Constanza no lo desposeyó
en 1418, continuó ejerciendo sus responsabilidades en la Sede Pontificia
de Avignón. Luego se refugió en Peñíscola, temiendo
por su vida, y allí se rodeó de algunos cardenales fieles a sus
principios.
El nuevo papa Martín V intentará doblegarlo por la fuerza
militar y luego envenenarlo con ayuda de un cardenal. Pero Benedicto XIII
resiste cualquier intento de acabar con su vida y poco a poco asiste al
abandono de quienes lo habían apoyado y al enfrentamiento con toda la
estructura eclesiástica del cristianismo. |
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Escribiendo y dialogando con quienes se acercaban a
visitarle, que siempre regresaban sinceramente convencidos de sus argumentos,
transcurrieron sus últimos años en el castillo de
Peñíscola, donde murió en 1424 a los 96 años de
edad.
Aún hoy, la leyenda afirma que vaga por el castillo,
asomándose a las ventanas y repitiendo la frase que le
caracterizó en vida: "El verdadero papa soy yo". |
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